Uno siempre se preguntó que lleva a una persona a hacerse árbitro de fútbol. Dado que es un rol en el que hay mucha exposición y que quien lo ejerce suele recibir insultos de todo tipo, la inquietud se torna difícil de dilucidar. Alguien podría decir que los impulsa el espíritu de impartir justicia, para que el fútbol sea más ordenado, mejor. Sin embargo, al ver las actuaciones de los árbitros argentinos en los últimos años, esa idea queda un tanto desdibujada. Luego del retiro de Horacio Elizondo, los árbitros que quedaron dejan mucho que desear. Mucha prepotencia, muchos errores y mucha facilidad para perjudicar al débil, ya sean equipos o jugadores, y beneficiar al fuerte. ¿Qué es, entonces, lo que lleva a alguien a dedicarse al arbitraje?
En la primera fecha del Clausura 2009, Huracán venció a San Martín de Tucumán por 1 a 0 gracias a una avivada de sus jugadores. El árbitro Juan Pablo Pompei había cobrado una falta a favor del Globo, cerca del área rival. Mientras amonestaba al autor de la infracción, los jugadores de Huracán sacaron rápido, vino el centro y el gol de Bolatti que significó el triunfo para los de Parque Patricios, a sólo cuatro minutos del final del partido. En este caso, Pompei dejó jugar sin problemas, aunque todavía no había anotado la amonestación ni había dado la orden para jugar. Sin embargo, muchas veces los árbitros hacen sacar de vuelta justamente porque no habían dado la orden o porque estaban amonestando o anotando una amonestación. Es decir, ante la misma situación cambian de criterio según las ganas que tienen. A veces se bancan los insultos, sobre todo cuando son de jugadores de los dos equipos más grandes, y otras expulsan ante el más mínimo agravio. A veces, en jugadas exactamente idénticas, cobran falta y otras, siga siga. A veces hacen que las faltas se ejecuten desde el lugar exacto desde donde fueron cometidas y otras, dejan que los ejecutores adelanten la pelota hasta 20 metros. Esto pasa mucho con las faltas en defensa o los off side. Y vaya uno a saber por qué optan por una u otra opción.
En definitiva, los árbitros hacen lo que quieren. Si tienen ganas cobran falta y si no tienen, dejan seguir. Si quieren, dejan jugar rápido y si no, hacen sacar de vuelta. Aplican todo el poder que tienen según como se levantan ese día. Porque si a un árbitro se le ocurre cobrar un penal que no existe, lo cobra ya está, nadie lo puede hacer volver atrás. A fin de cuentas, son los que tienen la última palabra; los que tienen el poder. El poder del pito.
Nosotros, ese impulso
Hace 4 horas
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